lunes, 17 de julio de 2017

A pesar de ti

Se dice que en la vida hay dos grandes decepciones, quizá tres. El resto las esperamos, las vemos venir o simplemente no duelen porque ya hemos resistido golpes peores. Algunos optamos por desconfiar de cualquiera, no poner demasiado corazón en nada, no ilusionarnos demasiado. Actuamos con cautela, intentando mantener cierta "distancia de seguridad", porque esperamos lo peor de la gente.

Tengo que reconocer que, por una vez, tenía razón. Era el mejor plan, y más todavía después de recibir un par de esos golpes que me diste para tantear. Sí, fueron una decepción, no de las tres grandes, pero una bastante grande, sin duda. Alguna vez me han comentado que tengo el "don de la empatía", que soy capaz de meterme en la piel de cualquiera sin ningún esfuerzo, sentir el dolor de los demás, contagiarme de sus logros y alegrías, profundizar en sus pensamientos, evidentemente desde mi propio punto de vista. Ese "don" me permitió perdonar lo imperdonable, entender lo imposible. No juzgar, no culpar. Sólo absorbí el golpe, ordené mis ideas y traté de hacerlo mejor.

El error llegó cuando empecé a perder el miedo, empecé a sentirme indestructible, pensaba que ninguna persona podría llegar a hacerme daño porque ya soy perro viejo y mi corazón es un callo. Y así, golpe a golpe, empecé a perder la cordura, la perspectiva, el orgullo y la dignidad. Perdí el norte, mezclé tus ideas con las mías y olvidé el significado de la autoestima, del respeto que me debías. Pensé que todo lo que pudiera aguantar estaba bien.

No, no desperté, no entendí, no escarmenté. De repente, el vaso se llenó tanto que llovía a mares, nos empapábamos nosotros, salpicábamos a los demás. Yo pensé que la gente no podía entender hasta dónde era capaz de llegar por ti. Qué sabrán ellos de mis sentimientos, o del dolor que decida soportar. Qué sabrán del peso sobre los hombros. Pero llegar y tener un hogar, y que mi hogar tuviera nombre y apellidos, eso nunca antes lo tuve. Eso valía todas las penas.

Pero no para ti, con tu extraña adicción a hacerme daño, con tus quiero y no puedo, tus "no volverá a ocurrir", al final te cansaste de este saco de boxeo y te largaste. Jaque mate.

Huir de tu vida es ser un mierda, por lo que, hoy, juro que a pesar de ti voy a crecer y voy a ser imparable, a pesar de ti voy a ser feliz, a pesar de ti voy a ser mejor, a pesar de ti, algún día, volveré a confiar. Y tú serás una mancha, una herida sin importancia, un sinfín de noches en las que debí estar solo y nada más. El recuerdo de cuando aún, a esas alturas de mi vida, era gilipollas.

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