martes, 13 de junio de 2017

La vida es aprender a perder.

domingo, 11 de junio de 2017

Solo el principio

Tuve la suerte (o la desgracia) de ver cambiada mi forma de pensar definitivamente cuando comprendió que teníamos demasiado en común y decidió compartir conmigo su oscuridad. Sí, oscuridad, su ser estaba rodeado de una espesa oscuridad que le atormentaba, la misma que yo acabaría cultivando y alimentando sin medida.

Me contó que su alma viajaba en su cuerpo, pero que no pertenecía a él. "No sólo soy carne, vísceras y huesos". Me hizo entender que su cuerpo era su prisión, que solamente los necios se preocupan por su aspecto o el de los demás. Cada cuerpo está más cerca de la putrefacción cada segundo que pasa, y cada carcasa tiene un ser encerrado dentro incapaz de sobrevivir fuera de esa atmósfera. 

Me habló del desinterés que hacía años padecía, de cómo habían dejado de importarle las personas, las plantas, los animales, la Tierra, los objetos inanimados, la riqueza, el tiempo, el clima. Su coraza era tan inmensa que nada ni nadie podía llegar jamás a su interior, donde habitaba su alma, esperando que alguien consiguiera hacerle sentir cualquier emoción, ya fuera dolor o miedo, alegría o esperanza. 

Más de una vez mencionó que su conciencia había soportado tantos errores en el pasado que simplemente se desvaneció. Durante mucho tiempo, su propia inacción le causó sufrimiento a sus seres queridos, lo que hizo que acumulara una buena dosis de arrepentimiento y culpabilidad, prolongada durante demasiados años. Para su propia supervivencia, este sentimiento también acabó desapareciendo, dejando solo un recuerdo difuso. 

La vida acabó siendo esa inevitable espera entre sueño y sueño. Y es que, cuando no te importa nada, abrir los ojos es una mezcla de hastío y agonía, una lenta tortura. 

Llegó a la conclusión de que lo único que importaba de las personas era el arte, ya que lo consideraba la mayor y más precisa forma de expresión del verdadero ser. Creía que, además del arte que todos conocemos, existía una forma de arte etérea, volátil, que solo unos pocos podían apreciar y que incluso el artista no percibía, y esa era su forma favorita, la más bella, la más involuntaria y definitiva.

Me confesó que, en ocasiones, intentaba perder el control e invocar al subconsciente, ya fuera con alcohol o drogas más duras, buscando la desconexión. La única razón por la que no se despidió de su vida arruinándola por completo con estas prácticas fue la falta de fondos suficientes.

Anhelaba el contacto humano, pero cuando había alguien cerca se mostraba huraño, inquieto, desinteresado y deseaba salir de esa situación cuanto antes.

Lo único que le mantuvo razonablemente cuerdo fueron un despertador y una estricta rutina diaria. Un día, sin más, se marchó sin dejar huella ni legado alguno. Poco a poco, fui absorbiendo su "filosofía", moldeando cada faceta de mi persona, encerrándome tanto que perdí de vista la salida y jamás la volví a encontrar. Quedando en medio de una oscuridad espesa y asfixiante, viendo el mundo con los ojos de mi cuerpo y no los de mi alma, atrapado en un pozo sin poder gritar pidiendo ayuda y sin que nadie pueda prestármela. Sin paz ni fe, sin descanso.

Y eso fue solo el principio.