domingo, 1 de mayo de 2016

Eterno

No sabía a ciencia cierta desde cuando, pero me había percatado de que, en ocasiones, su memoria le jugaba malas pasadas. Olvidaba qué había ido a coger a la cocina, qué día de la semana era, la edad que tenía o incluso llegaba a confundir la época en la que vivía, hablando de los setenta como si fuera el presente. A veces creía que yo era su hermano y me hablaba de las chicas de su clase. Resultaba cómico, pues me descubría detalles de su vida que de otra forma jamás habría conocido. Cuesta imaginarse que todo el mundo ha sido joven, que toda esa seriedad fue un día curiosidad y una pizca de locura.

Con el paso de los meses entendí que no evocaba recuerdos, sino que su cerebro se estaba apagando, omitiéndole la realidad. Y es que se perdía toda la actualidad. Jamás hablábamos de los tanques que desfilaban por la avenida, ni de los gritos de desesperación que se oían casi a cualquier hora en casi cualquier lugar. Él sólo se arrebujaba en sus raídas e insustituibles mantas y sus ojos se iluminaban al contarme por enésima vez alguna historia de su juventud. Conocí a través de él a decenas de personas, a varios de mis difuntos y a alguna que otra celebridad. No podía sino sentir lástima por él. En sus escasos momentos de lucidez me imploraba que aprendiera a valorar lo cotidiano: el tacto de la madera, el olor a café por las mañana, el silencio, una ducha caliente después de un duro día, una conversación profunda, un plato de buena comida... Pero, por las noches, cuando él dormía, yo sólo podía pensar en el tic-tac del reloj, que parecía comerse la noche, que cada vez me parecía más fuerte y agresivo. No podía evadir el miedo y la ansiedad, sabía que cada día que dejábamos atrás estaba más cerca de estar solo, de que ya no recordara ni quién era él, ni quién era yo, ni quién era su hermano. Cuando finalmente pasó, sentí que el mundo no era ese lugar bonito que me había imaginado desde pequeño, que no todos teníamos las mismas oportunidades, que la vida no se trataba más de esfuerzo que de suerte. Y tuve miedo de acabar como él, de olvidar quién había llegado a ser. Y cada noche que paso con los ojos clavados en el techo y la mente contando cada movimiento de las manecillas ensordecedoras del reloj olvido una parte de mí, las demás las confundo. Pero el miedo siempre sigue ahí por la mañana.