martes, 6 de diciembre de 2016

Fuera de lugar

A veces me descubro a mí mismo planteándome en qué se basa mi vida. Para mi sorpresa, la respuesta es siempre clara: la farsa, la mentira. El Yo interior es, en mi caso, radicalmente contrario a la imagen que llevo toda la vida proyectando de mí mismo. En más de una ocasión he sentido que la era en la que vivo no es para mí. Las luces, los letreros, la gran masa de gente yendo y viniendo con sus problemas y sus quehaceres. Actúo fingiendo normalidad, haciendo parecer que lo tengo todo controlado. Sé manejar el humor y la ironía, sé escuchar y consolar, pero nunca he estado a gusto manteniendo ninguna conversación, nunca he estado tranquilo con ninguna persona cerca de mí, nunca he sentido que algo fuera un problema real que debiera inquietarme, ni una alegría que debiera conmoverme o ilusionarme. Nunca he sentido que esta sociedad fuera donde debo estar.

Mi vida ahora mismo (y desde siempre) me ha obligado a interactuar con esta sociedad, en este contexto. Siempre se me formó directa e indirectamente para que fuera un miembro más de este gran conjunto. Pero al margen de ideales y pensamientos románticos o bohemios, me siento completamente desubicado. No sé cuál será mi sitio, ni siquiera si existe, pero me siento encarrilado, guiado previamente, atrapado por la convencionalidad. No quiero una vida cómoda. No quiero una vida fácil. Quiero una vida que me llene y en la que pueda ser Yo, sin pensar, sin actuar, sin miedos. Y a veces me parece estar tan aislado emocionalmente de todo que me come la soledad, me hunde el no poder hablar de esto con nadie, porque nadie parece entenderlo realmente. Porque nunca me siento cómodo con nadie. ¿Es esta la vida que he de aceptar?

viernes, 14 de octubre de 2016

La vida sencilla

Yo ya sólo quiero una vida sencilla, sin grandes ambiciones, sin sueños enormes a los que nunca ves la cumbre. Quiero una vida fácil, agradecer el tener poco pero apreciar mucho, quiero acostarme por la noche sonriendo porque se me ha regalado un día más que disfrutar. Quiero, por cada complicación de las miles que se entrecruzan oprimiendo mi vida, una estrella en el cielo, para mirarlo tumbado en mi casa pequeña con ventanas enormes a un mundo tranquilo, vacío de malos deseos, lleno de aire puro y fresco. Quiero una nueva vida lejos de todo y cerca de mí, donde cada vez que la voz de mi cabeza diga algo, sea para recordarme que la felicidad está más cerca de lo que pienso, para enseñarme a ver lo que no veo, a escuchar al mundo, a respirar, a olvidarme de relojes y de calendarios. Quiero olvidar que siento que se malgasta mi vida por cumplir años y no objetivos y volver a sentir que cada año aprendo algo que me hace dichoso.

martes, 30 de agosto de 2016

Sinsentido

Es una puta locura un mundo en el que nos preocupe qué pensarán los demás si no hacemos lo que el grueso de la sociedad acepta como correcto. Es un despropósito cohibirnos por si nos mirarán como a dementes si gritamos de alegría en la calle o si nos emocionamos con las palabras de un amigo. Procuramos siempre decir lo adecuado, que nuestra vida sea el reflejo de un modelo de familia y de "felicidad". Somos la generación del respeto enfermizo hacia todo ideal y a la vez los que menos creemos en los demás. Y es que estamos rotos, cada uno más que el anterior. Porque la vida que creemos desear es la que desean los demás o la que deseó alguna vez alguien. Morimos poco a poco pensando de qué color pintar las paredes del lugar donde pagamos por resguardarnos del mundo a costa de vender nuestro tiempo y esfuerzo. Cada vez sé menos del sentido de la vida y cada paso parece alejarme de mi Yo primario, cada vez me enzarzo más en la maraña de necesidades impuestas que tengo que cubrir y, por las noches, me ahogo en las arenas de miles de preguntas sin respuesta. Pero la vida que yo sueño, esa bien valdría cualquier pena, por poder no arrepentirme de los minutos que vaya dejando atrás, por pensar que mi existencia no tiene sentido ni se lo debo buscar, sino que sólo existo para mí, para gozar la experiencia de pisar este mundo y hacer mi voluntad, cualquiera que sea.

Pero en un mundo de gente con tantas sombras como luces, es imposible pensar que algún día todos pudiéramos vivir a nuestro antojo, sin control, sin peligro. Algunos, para ayudar a los demás, otros, para destruirlos.

domingo, 1 de mayo de 2016

Eterno

No sabía a ciencia cierta desde cuando, pero me había percatado de que, en ocasiones, su memoria le jugaba malas pasadas. Olvidaba qué había ido a coger a la cocina, qué día de la semana era, la edad que tenía o incluso llegaba a confundir la época en la que vivía, hablando de los setenta como si fuera el presente. A veces creía que yo era su hermano y me hablaba de las chicas de su clase. Resultaba cómico, pues me descubría detalles de su vida que de otra forma jamás habría conocido. Cuesta imaginarse que todo el mundo ha sido joven, que toda esa seriedad fue un día curiosidad y una pizca de locura.

Con el paso de los meses entendí que no evocaba recuerdos, sino que su cerebro se estaba apagando, omitiéndole la realidad. Y es que se perdía toda la actualidad. Jamás hablábamos de los tanques que desfilaban por la avenida, ni de los gritos de desesperación que se oían casi a cualquier hora en casi cualquier lugar. Él sólo se arrebujaba en sus raídas e insustituibles mantas y sus ojos se iluminaban al contarme por enésima vez alguna historia de su juventud. Conocí a través de él a decenas de personas, a varios de mis difuntos y a alguna que otra celebridad. No podía sino sentir lástima por él. En sus escasos momentos de lucidez me imploraba que aprendiera a valorar lo cotidiano: el tacto de la madera, el olor a café por las mañana, el silencio, una ducha caliente después de un duro día, una conversación profunda, un plato de buena comida... Pero, por las noches, cuando él dormía, yo sólo podía pensar en el tic-tac del reloj, que parecía comerse la noche, que cada vez me parecía más fuerte y agresivo. No podía evadir el miedo y la ansiedad, sabía que cada día que dejábamos atrás estaba más cerca de estar solo, de que ya no recordara ni quién era él, ni quién era yo, ni quién era su hermano. Cuando finalmente pasó, sentí que el mundo no era ese lugar bonito que me había imaginado desde pequeño, que no todos teníamos las mismas oportunidades, que la vida no se trataba más de esfuerzo que de suerte. Y tuve miedo de acabar como él, de olvidar quién había llegado a ser. Y cada noche que paso con los ojos clavados en el techo y la mente contando cada movimiento de las manecillas ensordecedoras del reloj olvido una parte de mí, las demás las confundo. Pero el miedo siempre sigue ahí por la mañana.

lunes, 8 de febrero de 2016

Fade out

Cuesta reunir tantos momentos, tanta vida, alimentar un vínculo a través de mucho tiempo con la firme creencia de que sólo crecerá y aportará una suerte de luz a lo que nos toca andar. La primera vez, se hace con ilusión. La segunda vez, con miedo. La tercera, con sabiduría. Y, al cabo de muchos intentos, sólo queda pensar que todo irá bien porque ya nos lo merecemos, porque los palos ya nos los hemos llevado. Porque hemos invertido mucho coraje en seguir creyendo que la vida es algo más. 

El corazón acaba siendo un callo, vapuleado y viejo, pero resistente. Nos cuesta sentir, nos cuesta quedarnos en un lugar por agradable que sea. Pero, si lo conseguimos, nos cuesta más que nunca volver a empezar, volver a confiar, volver a crear un vínculo. Eso sí, lo hacemos mejor, más fuerte, más seguro, pues ya los desaires no duelen igual, y ya no tendemos a meter la pata con quien nos importa. Y quizá es esa la fórmula para encontrar algo sano, una especie de "felicidad" no transitoria, quizá así aprendemos que la estabilidad es la forma más efectiva de mantener un estado de ánimo positivo. Así entendemos que nuestra vida y nuestras relaciones acaban siendo como una pequeña planta que se hace enormemente fuerte cuidándola cada día con pequeños actos que ni siquiera nos quiebran la cabeza.

Me pregunto quién sería el primero en pensar en el destino como un poder ineludible. Jamás he pensado en dejar de pelear por lo que quiero, ni en dejar de culparme por mis fracasos, como si estuvieran escritos. Pero, no obstante, empiezo a entender lo poco que importa lo bien que hagamos algo, lo poco que influyen las ganas y la dedicación que pongamos en nuestra vida, en nuestra felicidad. Somos solamente individuos que tristemente pueden controlar un número muy limitado de acciones y repercusiones, que apenas podemos prever las consecuencias de nuestros actos, que apenas podemos alterar los actos de los demás para que nuestra vida no se desmorone. 

Quizá lo que me fatigue no sea el hastío que siento ahora mismo por todo, ni el tener que volver a empezar otra vez más cuando creía que ya nunca lo tendría que hacer, ni el tener que reordenarme por dentro para que nadie pueda leer en mi cara que sólo quiero huir de este mundo. Seguramente mi fatiga se deba a la maldita impotencia que me inunda, recordándome lo pequeño que soy y lo limitado que estoy. El no tener control es bello a su manera, pero lo ansío tanto que me desespera el saber que nunca lo tendré. Quisiera encontrar la fórmula perfecta que me permita la vida que tan duro trabajo por tener y que, cada vez que me acerco, se convierte en ceniza. 

Siempre quise lo imposible, lo ideal, aunque cada vez he pedido menos y he perdido más por el camino. Quiero lo real, sin la crueldad de arrebatármelo todo cada vez que me hago fuerte. Quiero cerrar los ojos sin preocuparme por si mañana vuelvo a estar solo. Y a la vez no necesitar a nadie, ni que nada me pueda recordar lo humano que soy a través del dolor. Quiero volver atrás y decirte que te quedes para siempre y que haré cualquier cosa, lo que sea. Quiero saber si alguien ha pensado en estas cosas alguna vez y puede decirme que todo lo que escribo es mentira y no estremecerme más cuando todo se queda en este silencio largo y perturbador.

Y ojalá pudiera ser menos consciente de mis errores, o que los demás fueran más conscientes de los suyos. Y ojalá pudiera coger toda esta ceniza y darle la forma que tenía antes, aunque me ensuciara las manos. Sólo poder seguir siendo yo, encontrar todos los trozos que se me han caído por el camino.