martes, 29 de octubre de 2013

.87-3/n.

Cada noche, mientras su nueva familia dormía, sacaba el viejo libro de su padre de entre las ásperas y raídas mantas, cuidando cada movimiento para no despertar a ninguno de los que compartían aquel lecho de pulgas con él. A la luz de las tres cerillas que cada día desaparecían de la mesa de su amo, paseaba sus dedos retorcidos y deformes por las páginas amarillentas, dibujando las desgastadas palabras que no comprendía, intentando recordar que alguna vez supo leer. Bordeaba también cada detalle de las ilustraciones, especialmente su favorita, la de aquel oso erguido sobre sus dos patas traseras, observando el río crecer desde un montículo bajo la lluvia. La recorría con los ojos brillantes hasta que el último rescoldo de la última cerilla se apagaba al quemar su piel. Entonces siempre recordaba el dolor que sintió cuando le impusieron el ya tradicional castigo popular, cuando le quebraron uno a uno cada dedo de la mano haciéndolos girar más allá de su capacidad, por haberle sorprendido robándole a un tendero local. Hilando recuerdos, trataba de evocar el rostro de su padre, pero sólo quedaba su voz regresando día a día a su mente, explicándole cómo era su madre, cómo atarse los cordones, cómo iba a ser su vida. Pero todo cambió, olvidó cómo leer para aprender a remendar la ropa vieja una y otra vez, olvidó su rostro para aprender dónde esconderse, se olvidó de que alguna vez tuvo un hermano. Y, por un tiempo, funcionó, y al menos no tenía que rendirle cuentas a nadie más que a su estómago. " Aquello no estaba tan mal", solía pensar cuando recibía los azotes justicieros de su amo sobre la curtida espalda. Y, sin darse cuenta, ponía aquella enigmática sonrisa por la cual le recordarían muchos años después de su inusual muerte.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Secretos

Tardó unas horas en salir de su letargo. Con un profundo suspiro proclamó el luto en la casa.
Corrió las cortinas de todas las habitaciones y cerró con llave cada una de las tres puertas que comunicaban con el exterior. Prohibió la música, la televisión, los acostumbrados bailes, las discusiones, las risas, los gritos, correr por los pasillos... El bullicio en general.
Susurrando exigió a cada miembro de la familia que portara un brazalete oscuro que ella misma creó, con el antiguo sello de su apellido grabado en la superficie. Tejió sendas negras por las que hizo vagar a sus hermanos ciegos, a sus padres, a sus hijos e incluso a sus mascotas, haciéndoles olvidar el color de la tierra que habitaban, robándoles los recuerdos, envenenando sus mentes hasta hacerles creer que el universo se reducía a aquel hogar viejo y destartalado.

Y, enclaustrando a todo aquel que algún día miró a los ojos grises del viejo sabio, sólo así, sintió que el mundo podía continuar, como si nunca hubieran pasado por él, como si hubieran borrado ese espacio de la realidad. Sabiendo que nunca nadie contaría las historias que guardaba, que nadie sabría cómo enloqueció, que nadie recordaría cuándo desaparecieron.

domingo, 20 de octubre de 2013

Y es cuando sales a la calle, miras al cielo y te cortas las mejillas con los pedazos rotos de tu vida. A cada paso pisando todas tus aspiraciones, que ahora encharcan las aceras y sólo sirven para embarrarte los zapatos y recordarte que estás tan cerca del suelo como cualquiera. Y así reconoces por fin que la vida es sólo recorrer una espiral en la que cada vez estás más solo porque nadie va a hacer nada por ti, por mucho que tú hagas algo por los demás. Y dar, dar, dar pero nunca recibir es demasiado para cualquiera. Tanto como estar hasta el cuello de mierda y sólo ansiar poder seguir creyendo que hay alguien que vale la pena pero descubrir cada día que a nadie le importa nadie, por mucho que quiera pensar que sí. Al fin y al cabo, si todo el mundo se mira su propio ombligo, por algo será, quizá soy yo el que está equivocado y estaría mejor siendo un capullo arrogante. Y es que hasta el cielo se cae a pedazos desde que decidí hacer las cosas bien, ser consecuente con cada uno de mis actos, tener la conciencia limpia cada noche. No vale la pena perderlo todo por un ideal y cada vez tengo menos ganas de seguir con este tipo de vida. Así que, a partir de ahora, no voy a trabajar para nadie, no voy a sufrir por nadie, sólo voy a buscar la manera de escapar de este aparente callejón sin salida, de poder olvidarme de todo lo que ahora me hace despreciar cada día. Empezando por el origen.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Respiraré siendo consciente de que lo hago y romperé a gritos los muros de cristal que me impiden coger lo que es mío. Quiero sentirme vivo, para mí no es un juego al que puedo dejar de jugar en cualquier momento, ni puedo sentirme completo sin la pieza que me falta. No estoy dispuesto a conformarme con menos de lo que deseo. Nunca he sido uno de esos hombres aburridos con los pies en la tierra, siempre tendré un sueño por soñar. Y, si no me vas a seguir, no seas un lastre. No quiero que me digas lo que quiero oír, quiero que me digas qué vas a hacer, cuándo vas a luchar. Porque quiero cambiarlo todo, absolutamente todo, y quiero saber si hay algo que valga la pena conservar.

martes, 1 de octubre de 2013

Octubre

Y si ahora me paro a pensar en todo lo que aquella noche ocurrió, en cómo me sentiría yo si te viera en esa situación... Creo que entiendo un poco más todo lo que sucedió, tus palabras, tus gestos, tu fragilidad. Pero yo no hubiera tenido el valor de mostrarlo, o la cobardía de pedírtelo, directa o indirectamente. Y me gustaría tenerlos, para que vieras como yo aquel labio tembloroso y mordisqueado, los ojos brillantes, mojados, las palabras quebradas a gritos, como puños cerrados en el estómago.  Para que, como yo, entendieras y renunciaras a aquello que, sin aportar nada, destruye mi entereza y me llena de nubarrones el pecho y la cabeza. Para que, como yo, me demostraras que prefieres un sacrificio que la tristeza de quien no te pudo ver sufrir.