martes, 27 de noviembre de 2012

De espejos y veneno


Esta nota en sucio en mi libreta no es más que un trazo a lápiz de los borrones que el veneno de tu boca me deja, nubarrones de densa carga eléctrica que alteran mi atmosfera y generan clavos de agua que sepultan mi inocencia y avivan mis deseos de que te conviertas en hiedra, que trepes por mi cuerpo y mis sueños, que rompas la pesada losa de piedra que me aleja de tus senos, de tu piel, de tus besos, de la tinta de tus dedos que, imborrable, llenó de huellas mi aliento y desespero, que camufla en una burbuja los latidos que alimento, con tormento y desdeño, de imágenes mentales del camino hacia tu cuello, lejano, perfecto…  

Esta nota es una esquela que lamento por mi empeño, por el barco que he hundido en el fondo de tu lecho, pequeño, que no entiende de sombras ni de luces, ni de humo, ni de espejos, donde sólo cabéis tú y mi reflejo, el  vestigio de lo que algún día fui, de lo que pude haber hecho si hubiera actuado al derecho y no al revés, si hubiera abierto el pecho en lugar de usar los pies para intentar escaparme, por miedo, de mi propio cerebro, en el que resides cada noche fría y cada mañana que despierto, solo, lejos del lecho pequeño y los miles de sueños que compartiría contigo, lejos de quemarme en tu fuego y dejar de ser el pedazo de hielo del que estoy hecho si no estás, lejos de las estrellas, privado de volar. 

Esta nota es mi corazón de madera tallado a patadas con tus botas afiladas, mi regalo para ti, mi sacrificio y mi condena, mi sino, el destino que se me muestra y no consigo, el cielo que me enseñas en el horizonte inalcanzable tras los nubarrones que proyectas, incansable, con el veneno de tu lengua, en forma de borrones que ilustro a lápiz por las noches en mi libreta mientras mi reflejo, con desdén, me sonríe entre la madeja de tu pelo, que acaricia, sabiendo que araña las cuatro paredes que protegen la corteza que separa mi alma de los alfileres que me dejas, como espadas, en tus ojos, aparcados en la puerta.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Sin mirar atrás


    Soy una persona poco impulsiva, más bien meditabunda. Excepto cuando se trata de mi salud mental. Hace algunas noches, sumido en un sueño placentero, tuve consciencia de que era un sueño y nada más. Cuando algo se repite tantas veces es fácil darse cuenta de que no puede ser real. Un abanico de posibilidades se abría ante mí. Era capaz de darle forma, de construir mi propio mundo, de controlarlo todo. Mi primer impulso fue salir de ahí, forzarme a despertar y cagarme en todo. Estoy cansado, mucho. Y de mi hastío saco la fuerza para olvidar y avanzar. 

    ¿Cuántas veces he olvidado y avanzado? No lo sé. Contigo muchas, demasiadas para seguir creyendo en ti, o para fiarme de mí mismo. Para confiar en no volver a mirarte de esa manera. No, ya no soy de fiar. Y, como en el cuento de la Caperucita, hay un camino largo y relajado, otro corto y peligroso… Llegar al olvido bordeándote, sin mirarte a la cara por tentador que sea, o bien cruzar por el bosque del odio, convertirte en pesadilla y enemiga, llegar sin que me tiente mirarte después de arañazos con tus espinas y ramas enrevesadas.  Una manera u otra, da igual, llegaré igual de quemado, antes o después, pero con otra imagen de ti y con el corazón más o menos desgastado.

    Pero ya ni soñarte me perturba, no siento nada al despertar. Ya no siento ganas de intentar nada. Ya no puedo seguir esperando sentado, dejándote creer que soy tu perro obediente que moverá el rabo cuando le eches un hueso de cuando en cuando.  Sé el lugar que ocupo ahora, sé que lo he estropeado todo por ser débil y por querer lo que no puedo tener ahora mismo, y por eso he perdido la oportunidad de tenerlo algún día. Es el castigo que me he ganado por haber sido ese perro tantas veces.  Y sé que la ilusión que sentí no la volveré a saborear, porque yo también me siento decepcionado. Por primera vez. Y no me gusta… Porque siempre es duro asumir que la perfección no existe y que no lo puedo conseguir todo. 

    Nunca pensé que podría encadenar tantos errores seguidos en tan poco tiempo, y ahora miro a mi yo de hace sólo unas semanas o meses y me siento a años luz. Me observo como el que observa a un idiota y piensa para sus adentros que podría hacerlo mil veces mejor sin despeinarse. Y volvería atrás un millón de veces a mil instantes de mi vida en los que la he cagado, pero aún con todo eso tú no vendrías.  Y todo esto, cada pequeño desastre y cada derrota, ha sido simple y llanamente porque cuando estás cerca soy impulsivo a más no poder, no hago lo que  debo hacer, no pienso. Me pierde el querer llegarte directamente, sin preámbulos. Debería haber tenido más miedo, haberme advertido a mí mismo de lo que podía pasar, de lo que podías hacerme.  Pero también siento que sólo cuando estoy contigo soy yo mismo, sin máscaras, sin prejuicios, sin dolor. 

     Los huesos que me tiras, cada vez menos, ya no me saben a nada… Por impulso quiero más, cada vez que lo medito quiero menos. Y lo he meditado tanto, que ya no quiero nada. Nada de nada… Ni el más inútil consuelo, ni la más leve consideración. Ninguna caricia si luego te vas.

sábado, 24 de noviembre de 2012

El juego


¿Se entretienen los dioses moviéndonos sobre el tablero? Puede que el juego en realidad consista en hacernos creer que somos nosotros quienes tomamos las decisiones. Hacernos creer que no están, que no nos influyen. Esa sería la jugada maestra. Pero quizá no están y su maestría llega hasta tal punto que llegamos a plantearnos su existencia sin ni siquiera existir, llegamos a plantearnos ser fichas de un juego que realmente no está jugando nadie. Puede que no les importemos, puede que sólo nos observen o ni siquiera eso.  

Sea como sea, esta vida es un juego envuelto en azar, en el que influye la suerte así como las decisiones que tomes. Y los engranajes de mi mente no dejan de trabajar para que me haga cientos de preguntas. Si hubiera comenzado el juego en cualquier otro lugar, si nunca te hubiera conocido… ¿Qué sería de mí? ¿En qué estaría pensando ahora mismo? Me gustaría creer que cada vez que tomo un camino, se abre una dimensión paralela en la que he tomado el otro camino, la otra decisión. Y así al final de mi vida, poder comparar mi recorrido con todos los millones de caminos que no he tomado y saber si soy un buen jugador. La experiencia a veces mata la pasión, pero sin duda mejora mi habilidad para enfrentarme a los disgustos.

                Por desgracia, no creo en nada más que en el azar. Estoy aquí por casualidad y cuando mi vida acabe desapareceré como antes de empezar a jugar, nada habrá cambiado y en nada habré influido, tan sólo en otras personas, con suerte, que acabarán igual que yo. Y será como si nunca hubiera pasado por aquí. Y aún así, me consuela pensar que yo soy el jugador y no la ficha, no el pasatiempo de un ente que disfruta viéndome chocar. Que nadie me puede mirar desde arriba y juzgarme o considerar un error mi trayectoria. Nadie salvo yo mismo.

viernes, 23 de noviembre de 2012

La segunda purga


Vaya, los años no pasan por ti. Hace sólo un par de noches estuve revolviendo todos mis cajones, buscando los restos de las cosas que olvidaste o dejaste deliberadamente entre las mías. Los restos de ti. Pasé una noche entretenida entre fotos  y cartas que me recordaban mejores tiempos y lamentablemente recordé también por qué me dolió que te fueras. Me lo merecía, en aquella época era un capullo, especialmente contigo.

Ahora soy otra persona, he cambiado. He evolucionado, saqué de mí todo lo que no me gustaba tener y aquí estoy. No esperaba que estuvieras exactamente igual, han pasado muchos años. Tú ni siquiera me has reconocido. Llevo cinco minutos detrás del tío que está detrás de ti en la larga cola de este antro de comida rápida. Mal sitio para un vegetariano como yo. Mal sitio para cualquiera, en general. En realidad sólo he entrado porque has entrado tú. Llevo un par de horas siguiéndote. Se te ha hecho tarde para cenar y aquí no tardarán en cerrar.

No puedo dejar de mirar el reloj. El reloj y tu pelo. Me evoca una cascada de fuego que baja por tu cuello y tu espalda. Hoy llevas los hombros descubiertos, mi punto débil. No, no te he olvidado… Tú sí, sobretodo porque ya no existo como recuerdas. Ahora soy uno de esos tipos estirados de traje y corbata, con la barba perfectamente arreglada, un corte de pelo formal, guantes de piel, zapatos caros… Creo que al irte te llevaste gran parte de mi esencia. Si creyera en el alma te diría que ya no tengo la mía.

Tic, tac. El crío con acné y cara de perro que tienen como dependiente es extremadamente ineficiente. Odio las esperas, pero en este caso desearía que esta cola no terminara nunca. Cuando acepté este encargo me pareció como caído del cielo, para demostrarme a mí mismo que he dejado de sentir, que he pasado a un plano superior al que el resto de las personas no pueden llegar. Al fin y al cabo no debería ser difícil. Llevo en esto prácticamente desde que te marchaste, ya no tengo escrúpulos. Es sólo llegar, esperar el momento adecuado (esto es lo más pesado y a la vez lo menos rutinario), colocar el silenciador, disparar lo más limpiamente posible, limpiar el arma, guardarla, meter el cuerpo en el maletero y por último ocuparme del cadáver en algún lugar tranquilo. Cobrar el cheque al día siguiente y vivir con todos los lujos que me pudiera haber imaginado antaño. Esos momentos a solas con mis víctimas se han convertido en desconexión y relax para mí. Sin embargo ahora que te tengo delante no me siento tan seguro de mí mismo. No creo que contigo sea tan fácil. Por un lado quiero borrarte del mapa, eres lo único que me atormenta. Por otra parte, no quiero hacerte daño. Y no sé qué hay después de la muerte. Apostaría a que nada, simplemente nos apagamos…. Pero si existe el Infierno vas a ir de cabeza y lo vas a pasar francamente mal.

No eres una buena persona. Tampoco yo, tú me quitaste eso. Debes haber visto cosas horribles para que alguien quiera pagar tanto por tu silencio. O haber sido muy, muy mala. Pero, por los viejos tiempos, esta noche te daré una pequeña ventaja. Te ataré y te llevaré al lugar tranquilo directamente, en el maletero. Te daré la oportunidad de convencerme de que tu vida es más valiosa que mi cheque y mi paz. Te daré la oportunidad de reconocerme detrás de lo que soy. No lo harás, lo sé. Y entonces estaré seguro y me libraré de mis demonios.  Y sabré que no queda nada débil en mí. 

        -      Una ensalada César. Para llevar, por favor.

jueves, 15 de noviembre de 2012

November rain


     Llegué trastabillando al portal. Todavía me seguían, maldita sea. La gabardina empapada me hacía moverme más despacio. Y la camisa que me regalaste, agujereada y manchada de sangre. Dios mío, cuando te dieras cuenta…

     Mantenía mi mano apretando la herida. Me pregunto para qué mierda sirven los guantes que dejan los dedos descubiertos. Tenía las manos heladas y los dedos sucios, ennegrecidos por la calle y quizá algo de pólvora. No encontraba las llaves y tú no abrías la jodida puerta, me la tuve que cargar. Te dejé el suelo perdido de barro y gotas de sangre… Parecía bastante grave, ahora que me acuerdo. Pero después de todo, no estabas. ¿Dónde estabas? Pudiste haberme avisado. Bueno, tal vez así me daría tiempo de limpiar el suelo. Aunque lo de la puerta… Eso me costaría caro.

      Estaban a punto de llegar. El plan era recogerte y ponernos a salvo, pero como siempre, tuviste que ser impredecible. ¿Dónde carajos te habías metido? Ya no había tiempo, de todas formas. Ya no soy lo que era, los años no perdonan. Aquella noche, además, el frío me calaba los huesos. Jodida lluvia. Ya la puedes esperar, que sólo llegará cuando menos la necesites. Como todo.
     Los chicos ya llegaban. No estuvieron mal, sólo tardaron cuatro minutos más que yo. Vaya por Dios, me dejé la puerta abierta (o algo así) y entraron soltando improperios y poniéndolo todo perdido. Les ofrecí café, estaba preparándolo cuando llegaron a la cocina. “¿Te ríes de nosotros, viejo?” me dijo uno. Viejo. Viejo. Sí, supongo que sí. Pero, ¿tanto se me nota? Quiero decir… ¿Cuándo ha decidido el tiempo acelerar? 

     Aún oía su voz aguda recorriendo mi cabeza con esa palabra mientras le reventaba el tabique nasal contra la pared. Maldición, lo estaba dejando todo hecho un asco. Cuatro golpes más y quedó inconsciente. O muerto, qué sé yo. El café estaba listo, saqué dos tazas y procedí a servirlo. El otro tipo ni se inmutó. Me recordaba un poco a mí, más tranquilo y observador. Le ofrecí una de las tazas. “Gracias”, dijo. Y tras un sorbo, sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pipa, la misma con la que me había disparado hacía un rato.

-              -  Lo siento, pero te has pasado. No podemos seguir consintiendo esto.

     Me apuntó con firmeza. Sí, era muy parecido a mí. Tuve que tirarle el café hirviendo a la cara y atravesarle con el primer cuchillo que pillé. Me caía bien. Más sangre, más barro y ahora además café por el suelo.  Me serví otra taza y me la bebí tranquilamente. Me gusta el café muy caliente en los días lluviosos.
     Fregué la taza y la cafetera. Registré el  último cuerpo inerte en busca de un cigarrillo, con éxito. Lo encendí y le di una calada profunda. Me pediste que lo dejara y así lo hice, pero un día es un día. Estaba extrañamente inquieto, así que decidí que limpiaría todo ese desastre más tarde. Recorrí toda la casa en busca de alguna pista que me indicara dónde estabas. Era de noche, llovía… No sé, me pareció extraño que hubieras salido. Vaya, olvidé que mi gabardina seguía chorreando y a cada paso que daba estropeaba un poco más el parquet, que ya crujía preocupantemente desde hacía años. Tenemos que arreglarlo, nena.

    No soporto la suciedad. 

    Me dio un vuelco el corazón cuando entré en nuestra habitación y me encontré todo destartalado y los armarios vacíos de mi ropa. La estancia olía a ti. Parece ser que habías salido a toda prisa.

     Al bajar las escaleras sentí un pinchazo bastante fuerte. Ah, sí, estaba herido. Lo había olvidado. La camisa… Espero que se pueda hacer algo. No sabía si esperarte o salir a buscarte. Vendrían más y ya no quedaba café. Después de mirar el reloj y tomar la decisión de salir, escuché un grito. Era tu voz, por fin. Me dio la sensación de que hacía meses que no te oía. 

     Estabas alarmada por la puerta rota. Es normal, pero todo estaba bien. Ah… Qué feliz me sentí en ese período de tiempo entre el sonido de tu voz y el momento en el que entraste, más corto que dos segundos, pero tan largo. Sí, el tiempo se demora a su antojo, a veces se toma las cosas con calma y hace de los instantes eternidades, otras veces tiene demasiada prisa.  

     Ahogaste un grito de emoción al verme. La expresión de tu cara no me pareció tan feliz como la esperaba, pero qué más daba eso, ¿no? Mi sonrisa se desvaneció por completo cuando vi que detrás de ti entraba un hombre. Él estaba seco, llevaba un paraguas en la mano. ¿Se creía mejor que yo? Él te mantuvo seca. Y yo fui a sacarte de allí y ni siquiera pensé en eso. Estúpido viejo… 

     Era más alto que yo. Era más guapo que yo. Y vaya, qué cara de buena persona. Me preguntaste qué hacía allí. En mi casa. “Cálmate. Controla la situación.” A veces mi cerebro me da buenos consejos. Soy un hombre educado. Me disculpé ante el invitado por la suciedad. Qué vergüenza. Os ofrecí algo de comer. ¿Por qué os mostrabais tan nerviosos y hostiles? ¿Por qué tu distancia? Ya hablaríamos cuando estuviéramos solos.

     Al pasar a la cocina volviste a gritar. Sí, estaba todo fatal. No esperaba visita, si lo hubiera sabido lo hubiera arreglado. Parecías disgustada y sorprendida por los dos cuerpos. Uno me llamó viejo (y tenía una voz horrible) y el otro me disparó y trató de hacerlo otra vez. Tu acompañante te abrazó mientras llorabas a lágrima viva y maldecías. Cómo echo de menos tus maldiciones. En fin, no había vuelta atrás. Tuve que dispararle con la pistola del tipo que me recordaba a mí mismo. ¿Por qué tuvo que tocarte? Ahora te había salpicado con su sangre. Al menos éste estaba seco. 

     “¡Por fin solos!” dije al fin. No recuerdo bien lo que pasó después, empezó a nublarse mi vista, creo que por la sangre que venía perdiendo desde hacía casi una hora. Mientras caía al suelo sólo oía tu voz, insultándome, llamándome loco, diciéndome que dejara de joderte la vida. Cogiste un cuchillo enorme y te agachaste en un rincón. Me encanta cuando te pones así. Cuando te alteras por mí es cuando más siento que te importo. Me encanta que te enfades conmigo. Me encanta saberte vulnerable.

     Se me estaban cerrando los ojos cuando escuché los pasos acelerados de otros cuatro tipos trajeados entrando en mi casa. Curioso contraste, porque los pasos de mi corazón parecía que se querían detener.

    Esta mañana no recordaba que todo esto sucedió hasta que he sentido ese pinchazo en el costado al ver tu foto. Parece ser que me curaron bastante bien, aunque la camisa ya ni se parece a lo que solía ser. No sé cómo estos cabrones me han vuelto a meter en esta celda acolchada. Cada vez me cuesta más salir… Pero nena, te juro que lo conseguiré de nuevo. Me pondré esa camisa, iré a buscarte otra vez y por fin estaremos solos. Sólo dame unos días para recuperarme… Ya no soy lo que era, ¿sabes? Aunque tampoco es que sea un viejo.

     Al menos esto está bastante limpio. No se está tan mal… Pero no estás aquí. Creo que mis cartas no te llegan, nunca recibo respuesta. Espero que esta sí te llegue, no quisiera que pienses que te falto por mi propia voluntad. 


Hasta pronto, mi amor.
T.